El chiquitín, buhito como para ponerlo en un llavero, para achucharlo, para sentarse al pie del chopo a oir como su aflautado canto prospecta la cálida noche de verano. El pequeñín, buhito de ojos saltones, de críptico plumaje casi invisible. El diminuto, al que más le cuesta dormir por la mañana sano y salvo, sortear las vicisitudes de la noche oscura y misteriosa.